Hasta hace algunos años, aún podíamos vivir con un sentido “real” algunas de las principales festividades religiosas todavía vigentes en nuestra sociedad. Pero actualmente es imposible pensar en Navidad, fiestas marianas o celebraciones de determinados santos, sin que lo principal sea el comercio asociado a cada fecha. Navidad sin el “Viejo Pascuero” (Papá Noel, Santa Claus), y sus regalos, ojalá de alto costo, no sería Navidad. Fiestas de devoción popular no se dignarían ser tales sin cientos de locales vendiendo imágenes, velas, recuerdos y un “cuantohay”.
Sin embargo, podemos decir que la Semana Santa –para quienes siguen celebrándola en medio de este mundo globalizado, pluralista y en gran medida descreído‑ aún permanece intacta en su sentido original de recordar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Pero si nos detenemos a reflexionar sobre las actividades que se realizan en estos días, comprobamos que realmente el fondo de esta conmemoración sagrada ha quedado muy al lado del camino. ¿Cómo justificar que no haya dinero para comprar pescado y cumplir el Viernes con la “ley” de no comer carne? Cómo explicarle a un niño que el Domingo no habrá huevitos de chocolate? Ello, sin considerar cómo Semana Santa es uno de los más rentables períodos de turismo, nacional e internacional.
Para muchos niños (y también adultos), lo principal de la Resurrección de Jesús es que llegan los huevitos de chocolate. Sin ellos no habría Pascua. Así, en numerosos hogares “cristianos” se deja en el olvido, o cubierto por el chocolate, el real y profundo sentido de esta celebración. Cristo ha vencido a la muerte, pero muchos nos quedamos en la entrega de las golosinas –que incluso se reparten en algunas parroquias y capillas tras la celebración de la misa de Pascua– dándole una prioridad que pone a los ya famosos huevitos y los abrazos de Pascua por encima de la resurrección misma de Jesús y su crucial camino previo.
Porque antes de llegar a la fiesta de la Resurrección vivimos el Viernes Santo, día de profundo duelo en el que Cristo es entregado a la cruz y la arrastra hasta su muerte. No pocos, aún, adoramos la cruz y acompañamos el viacrucis con dolor y esperanza. Pero en muchos hogares lo principal de ese día no es el acompañamiento del Cristo sufriente, sino el almuerzo familiar. Y, como “por ley” no podemos comer carnes rojas, se ha generado desde muy antiguo una locura colectiva por comprar productos del mar. Pescados, mariscos y exquisiteces de procedencia marina adornan así muchas de nuestras mesas en diferentes formatos de cocción. Aunque para ese día el costo de tales platos suculentos aumente hasta en un 200 %.
¿Acaso Jesús y sus discípulos habrían tenido dinero para comprar un alimento que por unos días incrementa así, tan absurdamente, de precio? ¿No está en el fondo, justamente, de eso lo que él criticaba a fariseos y escribas? El motivo por el que Jesús fue perseguido hasta la muerte fue justamente el haber confrontado a quienes vivían su fe preocupados únicamente de cumplir lo que la ley mandaba. Fue precisamente a los que ponen la ley por sobre Dios, a quienes cuestionó duramente. ¿Dónde queda el vivir la fe y darle sentido? Tal vez nosotros actuamos también como aquellos a quienes criticó Jesús. ¿No somos de los primeros que programan “para viernes santo tendremos unas exquisitas empanadas de mariscos, porque no se debe comer carne”? O quizás armamos un abundante y delicioso “banquete de viernes santo”. Si no incluye carnes rojas quedamos felices, porque “estamos cumpliendo con la ley”.
No se trata, por cierto, de que en Viernes Santo nos hartemos con un gran asado, o el Domingo de Resurrección dejemos de compartir unos ricos chocolates de Pascua. Se trata de que nuestros actos no deben regirse simplemente por la ley o la tradición. Está bien respetarlas, pero cuando las sacamos de su contexto y centramos en ellas nuestra fe, terminamos descartando lo que realmente importa, para quedarnos en lo absolutamente opuesto o intrascendente. Si se trata de adherir a los sufrimientos de Cristo, en vez de un gran banquete –aunque sea sin carne-, procedería más bien la privación de un gusto para ir en ayuda de alguien necesitado.
Participar de Semana Santa, no puede sólo ser el comer una u otra cosa. Así mismo, no debemos hacer las cosas sólo porque corresponde. Si vamos a las actividades, hagámonos parte de ellas, no por cumplir. Vivamos la Última Cena, como si estuviéramos junto Jesús sentados a la mesa. Acompañemos el Vía Crucis, pero caminemos acompañando a Cristo en su camino a la Cruz, carguémosla con él. Por último, participemos de la vigilia pascual y alegrémonos sinceramente cuando el Hijo de Dios venza a la muerte y nos demuestre que nuestra fe debe estar siempre en él, y no en lo que lo rodea.
Pero esta semana y siempre, no dejemos de tener presentes las palabras de Jesús: “cuando des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt. 6, 3-4).








Hola
Me gustó el comentario que haces, muy cierto por lo demás, no cabe duda que el consumismo, tiene inundado nuestro siglo XXI, …claro eso si, el consumismo de aquellos quienes “pueden consumir”, que curiosamente son la minoría.
El asesinato de Jesús fue llevado a cabo por quienes hacen que la gente “consuma”, en el gran y amplio sentido de la palabra; consuma cosas, drogas, alcohol, ideas, ideologías con el fin de someter y tener el “control”.
Sin embargo, al morir Jesús, y resucitar el Cristo, nos inunda la esperanza, porque la vida siempre vencerá la muerte, el que ama jamás morirá.
Gracias y Feliz Resurrección!!