El 1 de mayo de 1986 en Chicago, EE.UU., una huelga marcó lo que sería el primer Día de los Trabajadores. En medio de una lucha por reivindicaciones sociales que apuntaban a disminuir las horas laborales de 18 a 8 diarias, se generó un conflicto al que algunos empresarios no quisieron ceder porque significaba perder a sus esclavos asalariados.
Hoy, gracias a movimientos como aquél ya histórico, nuestras rutinas laborales no sobrepasan generalmente las ocho horas diarias, salvo excepciones legales o flagrantes abusos. Si bien las condiciones de trabajo actuales nada tienen que ver con las de las fábricas de hace 126 años, la dignidad de los trabajadores no ha cambiado mucho. Día a día vemos cientos de casos en los cuales trabajadores de diversas áreas son explotados. Empresarios que sin vergüenza alguna buscan exprimir a sus “colaboradores”, como ahora les gusta denominar a la mano de obra.
Cuando hablamos de la justicia social en el trabajo resulta imposible no recordar la parábola de los obreros de la viña (Mt. 20, 1 – 16). ¿Qué haríamos nosotros si en nuestro trabajo, tras 20 años de servicios, a un trabajador nuevo le pagaran lo mismo que a nosotros? Muy probablemente nos molestaríamos y reclamaríamos pidiendo explicaciones. Sin duda, algo así han de haber sentido los obreros que trabajaron todo el día, respecto a aquellos que llegaron a la viña al final de la tarde. El dueño del predio podría ser el “empresario” ideal para algunos. Pero hoy nuestra realidad dista mucho de eso.
No se trata de estar en contra de que un empresario se enriquezca, sino que lo haga a costa de los trabajadores. Porque, seamos realistas, ¿cuántos pagan a sus trabajadores sueldos justos? Es normal ver que no existe proporción alguna entre lo que recibe un alto jefe y un simple administrativo u operarios. Las diferencias cada día se acentúan, y los sectores favorecidos y enriquecidos son siempre los mismos, acrecentando así la enorme brecha en la distribución de ingresos entre los extremos de la escala social de la “sociedad globalizada”. Con mucho mayor diferencia en determinados países de Latinoamérica y otras áreas donde campean la desprotección social y la extrema pobreza.
Este 1 de mayo “celebramos” el Día de los Trabajadores, y con razón debemos preguntarnos: ¿realmente estamos celebrando avances de importancia en los derechos de los trabajadores? ¿Existen trabajadores de primera y segunda categoría?¿Qué pasaría si un empresario actuara como el dueño de la viña que nos plantea Jesús en su parábola del Reino de Dios? De seguro lo criticarían otros empresarios por no actuar “correctamente”, y a la vez los trabajadores lo denunciarían por “injusto”.







