Tardó, pero llegó: una bienvenida ley antidiscriminación
El congreso nacional de Chile ha aprobado, y ahora está a punto de convertirse en ley, la idea de no discriminar.
¿Qué busca esta norma jurídica?
Declarar legalmente que todos los habitantes de Chile son iguales, sin importar sus características físicas, género, origen étnico o social, nacionalidad, creencias religiosas o condición sexual. El detalle, no menor, es que la Constitución chilena ha reconocido desde casi dos siglos la igualdad de los ciudadanos, y la actual declara que “las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, afirma que “en Chile no hay persona ni grupo privilegiados”, “asegura a todas las personas… la igualdad ante la ley”, y lo refrenda en favor de “hombres y mujeres”. Entonces, ¿por qué debía dictarse una ley para reiterar que todos los ciudadanos son iguales en dignidad y derechos, y que no ha de haber diferencias entre ellos?
Lo que la Constitución declara suena bien, pero no pasa de ser palabras de “buena crianza”. En el día a día es posible ver innumerables veces cómo se discrimina a las personas. Si se es gordo, si flaco, negro, muy blanco, gay, joven o anciano… No sólo en Chile, por supuesto. En buena parte de nuestros actos actuamos con discriminación, y, lo que es peor, lo llevamos internalizado en tal forma que no nos damos cuenta; es parte de nuestro lenguaje y nuestro modo de ser.
La discriminación se ha institucionalizado, hasta segregar a las personas en sectores de primera, segunda, tercera… categorías. No es raro ver que hasta se impida el ingreso de determinadas personas a lugares reservados “por clase”. Un ciudadano que en Santiago de Chile viva en la modesta comuna de San Ramón y desee matricular a su hijo en un colegio de la “exclusiva” Vitacura, aun si por extraña generosidad del destino pueda pagarlo, desde el portero se encontrará con trabas que le impedirán el acceso. Le dirán que es por su bienestar…, para que el niño no sea discriminado. Hasta carteles que prohíben el ingreso de determinadas personas a lugares exclusivos han causado –por fortuna- ciertos niveles de escándalo. Las prendas que se exhiben en las colecciones de última moda son para mujeres de delgadez cincelada. Aquella que cargue algunos kilos de más deberá buscar su ropa en tiendas para tallas segregadas y vergonzantes.
Vale la pena preguntarse ¿dónde se originan las discriminaciones de nuestro diario vivir? Comienzan, por cierto, desde los hogares, los valores y criterios familiares, los colegios, y hasta de la formación religiosa. Y así, según vamos creciendo, nuestras visiones, pensamiento y conductas se van haciendo cada vez más sesgadas.
A lo largo y ancho del mundo se necesitan, sin duda, leyes que no sólo aclaren la ilegalidad de discriminar a otros por ser diferentes, sino que además sancionen de modo eficaz las discriminaciones, impidan sus consecuencias sociales y reparen debidamente a las víctimas. En Chile, la ley en tal sentido tardó casi una década en su tramitación, pero ya llegó. Tal vez sea sólo un buen comienzo, pero ayudará, seguramente, a la tolerancia y el respeto sin distinciones.
Francisco Lazo








