| Diario Bíblico: 30 de diciembre de 2009 |
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| Contribuido por CICLA | |
Primera Lectura: 1Jn 2,12-17El que hace la voluntad de Dios vive para siempre Salmo: 95 Evangelio: Lc 2,36-40 El niño crecía y se fortalecía Estaba allí la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, casada en su juventud había vivido con su marido siete años, 37desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo noche y día con oraciones y ayunos. 38Se presentó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén. 39Cumplidos todos los preceptos de la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba. Comentario Ayer veíamos al anciano Simeón bendiciendo a Dios por la presencia del Salvador. Hoy, en el mismo acto de la Presentación, es otra persona muy anciana, Ana, cuyo significado es “gracia”, la que al igual que Simeón personifica la espera del Señor y la liberación de su pueblo. La pareja formada por Simeón y Ana se relaciona con la formada por Zacarías e Isabel, los padres de Juan Bautista; y es que Lucas quiere destacar la importancia que tienen el hombre y la mujer en el proyecto liberador de Dios. Jesús, el niño antes presentado en el Templo, de quien hablaban el profeta Simeón y la profetisa Ana, que nos vino de lo sencillo, lo humilde, lo pobre, lo que no cuenta, “crecía… y se llenaba de sabiduría y el favor de Dios lo acompañaba”. Así como Jesús iba creciendo en sabiduría y gracia de Dios, nosotros, como seguidores suyos, también estamos llamados a continuar nuestro crecimiento como cristianos auténticos. Crecer en autenticidad cristiana es vivir plenamente en Cristo; y este vivir se concretiza en la aplicación de su proyecto de vida para que todos tengamos vida en abundancia. Que nuestra espiritualidad se fundamente en el Espíritu de Jesús y éste nos inspire a cantar las maravillas del Señor a ejemplo de María. |
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Primera Lectura: 1Jn 2,12-17