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Diario Bíblico: domingo 20 de junio de 2010 PDF Imprimir E-mail
Contribuido por CICLA   
ImagePrimera Lectura: Zac 12, 10-11; 13, 1
Mirarán al que atravesaron

Salmo: 62
Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Segunda Lectura: Gal 3, 26-29
Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo


Evangelio: Lc 9, 18-24
Tú eres el Mesías de Dios

18Estando él una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él los interrogó:
–¿Quién dice la multitud que soy yo?
19Contestaron:
–Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos.
20Les preguntó:
–Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?
Respondió Pedro:
–Tú eres el Mesías de Dios.
21Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.
22Y añadió:
–El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
23Y a todos les decía:
–El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. 24El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí la salvará.


Comentario

En la época que Jesús vivió, el pueblo se encontraba en una difícil situación bajo la dominación romana. Sin embargo, ellos tenían la certeza de que Dios de generación en generación, los acompañaba, les había enviado profetas, que denunciaban sus errores o el de sus autoridades, pero que también anunciaban la intervención y el auxilio constante de Dios en su vida cotidiana. Por esto, en el evangelio de hoy,  la mayoría de los discípulos contesta a la pregunta (v.20) de Jesús, con el nombre de algunos de sus más importantes profetas, que sin duda algunos admiraban. Para ellos era una muy buena comparación, consideraban y veían a Jesús como un gran hombre, que  actuaría como los profetas del pasado y propiciaría la intervención divina para liberarlos de la opresión en que se encontraban, tanto de los romanos como de las autoridades judías, pero Pedro el “cabeza dura” de sus discípulos, va más allá y hace una profesión de fe extraordinaria, lo reconoce como el Mesías, el ungido de Dios, es decir alguien mucho más grande que el propio Elías, uno de sus máximos profetas.  Pero, ¿y nosotros en el siglo 21?, imaginemos que Jesús nos hace la misma pregunta hoy, ¿qué responderíamos?, ¿quién es realmente Jesús para nosotros?, seguramente también le daríamos muchos títulos; el Hijo de Dios, el Rey de Reyes, el mejor Amigo, el más Santo de los hombres, un gran profeta, etc., pero ¿de qué sirven todos esos títulos que le daríamos y damos hoy a Jesús, si nuestra vida no se asemeja en nada a la suya?, ¿de qué sirve que para nosotros sea todo aquello que podemos expresar con palabras, si no hemos sido capaces de cambiar?. Si como anuncia Zacarías en la primera lectura, lo miramos de lejos colgado y atravesado en la cruz,  aunque  le dirijamos plegarías de petición y alabanzas, asistamos a los ritos en nuestras comunidades y templos pero continuamos actuando en nuestra propia existencia y en la de la  sociedad en que nos tocó, de manera contraria a lo que Jesús mostró en su vida, entonces significa que aún estamos lejos de reconocer quién y qué es Jesús para cada uno de nosotros. En la segunda lectura de hoy, el apóstol Pablo nos orienta maravillosamente en la carta a los Gálatas por que él mismo lo experimentó; debemos revestirnos de Cristo, configurarnos con él, de tal manera que seamos transformados y convertidos en verdaderos discípulos del Maestro, es decir asumir de una vez por todas, la urgencia con que  cada uno debe propiciar el Reino que Jesús anunció, aquel Reino donde ya no exista xenofobia, homofobia, machismo, feminismo, pobres y ricos, buenos y malos, cuando realmente lleguemos a entender que seguir el camino de Jesús significa una vida totalmente distinta, un mirar con nuevos ojos y sentir con un corazón nuevo, entonces podremos responder con certeza la pregunta de Jesús, sin olvidarnos, eso sí, de la advertencia que nos hace, de que seguirlo también  implica, que en muchas ocasiones seremos criticados, incomprendidos, burlados, porque tomar la cruz es negarse a la comodidad a la flojera, al miedo, a la desesperanza, y perder la propia vida no es otra cosa que dejar atrás todo aquello que nos “ata al mundo” y nos aleja del prójimo, y por lo tanto de Dios, en esto consiste la promesa que nos dejó Jesús, todo aquel que pierda “aquella vida”, es quien realmente  conseguirá entender el porqué de su existencia,  recuperará la verdadera vida y podrá sin duda reconocer quién es realmente Jesús.


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