| Diario Bíblico: 24 de junio de 2010 |
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| Contribuido por CICLA | |
Primera Lectura: Is 49,1-6Te hago luz de las naciones Salmo: 138 Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente. Segunda Lectura: Hch 13, 22-26 Antes de que llegara Cristo, Juan predicó Evangelio: Lc 1,57-66.80 Juan es su nombre 57Cuando a Isabel se le cumplió el tiempo del parto, dio a luz un hijo. 58Los vecinos y parientes, al enterarse de que el Señor la había tratado con tanta misericordia, se alegraron con ella. 59Al octavo día fueron a circuncidarlo y querían llamarlo como su padre, Zacarías. 60Pero la madre intervino: –No; se tiene que llamar Juan. 61Le decían que nadie en la parentela llevaba ese nombre. 62Preguntaron por señas al padre qué nombre quería darle. 63Pidió una pizarra y escribió: Su nombre es Juan. Todos se asombraron. 64En ese instante se le soltó la boca y la lengua y se puso a hablar bendiciendo a Dios. 65Todos los vecinos quedaron asombrados; lo sucedido se contó por toda la serranía de Judea 66y los que lo oían reflexionaban diciéndose: –¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor lo acompañaba. 80El niño crecía, se fortalecía espiritualmente y vivió en el desierto hasta el día en que se presentó a Israel. Comentario Sólo quien se sienta profundamente llamado en su historia de vida siente la fuerza de la misión. En el evangelio, el nacimiento de Juan el Bautista, está envuelto entre la alegría de la familia, la comunidad, y la incógnita de saber que algo especial hay en este niño. La imagen de alegría contrasta al ver la imagen de su padre Zacarías mudo, por no haberse confiado a la acción Dios, el evangelio de hoy termina diciendo que “el niño iba creciendo y se fortalecía en su interior. Y vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel. El desierto lugar de soledad, reflexión y de encuentro entre Dos y yo. Que nos sigue llamando al desierto de nuestras vidas para encontrarlo, crecer y fortalecernos, para moldear nuestra vida al estilo del Reino que ha inaugurado en su hijo Jesús. Debemos descubrir cada día en la familia y comunidades, ese desierto que nos invita a encontrarnos con Dios, que al igual que a Juan el Bautista y el profeta Isaías nos llama por nuestro nombre, pues cada uno es único y especial, ser llamados con nombre propio, es dejar que se manifieste en cada uno la presencia divina. |
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Primera Lectura: Is 49,1-6