| Diario Bíblico: 12 de julio de 2010 |
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| Contribuido por CICLA | |
Primera Lectura: Is 1, 10-17Lávense, aparten de mi vista sus malas acciones Salmo: 49 Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios. Evangelio: Mt 10, 34-11, 1 No he venido a sembrar paz 34No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. 35Vine a enemistar a un hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; 36y así el hombre tendrá por enemigos a los de su propia casa. 37Quien ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. 38Quien no tome su cruz para seguirme no es digno de mí. 39Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la conservará. 40El que los recibe a ustedes a mí me recibe; quien me recibe a mí recibe al que me envió. 41Quien recibe a un profeta por su condición de profeta tendrá paga de profeta; quien recibe a un justo por su condición de justo tendrá paga de justo. 42Quien dé a beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por su condición de discípulo, les aseguro que no quedará sin recompensa. 11 1Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a los doce discípulos, se fue de allí a enseñar y predicar por aquellas ciudades. Comentario Las primeras comunidades cristianas fueron las encargadas de llevar adelante el anuncio del reino. Los discípulos luchaban por su identidad más entre ellos mismos que con el ambiente adverso. Los evangelios son el testimonio de ese gran esfuerzo por comprender los fundamentos del nuevo estilo de vida que habían abrazado en cada comunidad, que adaptó y releyó las palabras de Jesús de acuerdo con la realidad que debió afrontar. La radicalidad, la urgencia y las exigencias de Jesús fueron interpretadas creativamente en cada comunidad. Los judíos integrados al cristianismo plasmaron en el evangelio de Mateo su particular modo de entender la misión de Jesús. El conflicto con ciertos sectores nacionalista, como los zelotes, o con ultraortodoxos los llevo a descubrir que solo contaban con el apoyo de su comunidad. Muchas familias y grupos aceptaron el ímpetu sectario y expulsaron a quienes no se ajustaban a los parámetros impuestos por el judaísmo fariseo. Por eso los judeocristianos se vieron obligados a desconfiar de todo el mundo y en particular de sus propias familias y grupos de referencia. A esto se refiere el símbolo de la espada, a los grupos que convierten su fe en arma para defender su identidad y ‘cortar’ con quienes se apartaban levemente de las normas impuestas por la tradición |
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Primera Lectura: Is 1, 10-17